Se sabe, lo peor de la inundación es lo que viene después de que el agua baja. Y en algunos sectores del chaco salteño el río ya empezó a descender, pero ningún evacuado vuelve a su casa: el barro ahora es el drama que impide el regreso al hogar. El piso se transformó en lodo y la odisea ya lleva más de cinco días donde la espera se hace interminable.

Acá en la frontera con Bolivia se ve desde el aire unos manchones de agua que parecen pequeños charcos. Son en realidad enormes lagunas donde debería haber tierra. Es parte del Pilcomayo que desbordó por todos lados, anegó pueblos y arrancó rutas.

Ayer al mediodía cesó el alerta que implicaba la crecida del Pilcomayo al que la BBC de Londres en un documental que realizó en enero de este año lo llamó el “río suicida”, porque provoca al mismo tiempo sequías e inundaciones en los diferentes márgenes producto del sedimento que arrastra y que bloquea su propio cauce. De los históricos 7,25 metros que llegó a estar el lunes pasado, pasó a 6,27, veinticuatro horas más tarde.

Son buenas noticias, claro, pero la catástrofe continúa y todavía ninguno de los evacuados pudo regresar a sus hogares. Lo intentaron los hermanos Américo y Camilo Torres, que viven en el paraje Puesto Nuevo, cerca de Santa Victoria Este, pero se llevaron una decepción que los derrumbó: “Esto es un desastre peor de lo que imaginamos. Nos habían dicho que el agua bajó, vinimos con ganas de ver si podíamos volver, pero mirá lo que es esto”, dice cuando señala sus pies tapados completamente por el lodo en la puerta de su vivienda.

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