Eran las 21:30 del miércoles 11 de diciembre cuando Yonathan Valera Salazar, delivery de 28 años, aguardaba detenido sobre Héroes de Malvinas. Trabajaba como repartidor de Rappi y esperaba en su bicicleta que el semáforo cambie a verde. La carpeta asfáltica estaba en buen estado, el semáforo funcionaba correctamente y el tránsito era el habitual en un horario donde muchas personas regresan a sus hogares.
Desde atrás, un Fiat Cronos blanco conducido por Mariano Alejandro Mourelle Machado avanzó sin frenar y lo embistió de lleno. La fuerza del choque elevó a Yonathan sobre el parabrisas, donde quedó apoyado, y el vehículo lo arrastró varios metros.
En esa trayectoria, el auto chocó contra un colectivo de la línea OK Norte. Pero la secuencia no terminó allí: a casi 200 metros del punto inicial, volvió a impactar a otro vehículo, un Chevrolet Corsa.
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A las 21:33, una persona que presenció el hecho llamó al 911. Cuando llegaron los primeros policías y la ambulancia, el joven ya estaba sin vida.
Los indicios quedaron esparcidos por toda la traza: la mochila térmica con sus pertenencias, una zapatilla, el soporte del asiento de la bicicleta, restos plásticos del Cronos, la funda de su celular y la bicicleta destruida apoyada contra un mojón.

El estado del conductor y la pericia psicológica

Desde el inicio de la causa, la defensa de Mourelle sostuvo que el imputado habría atravesado una “crisis de ausencia” al momento del hecho, vinculada a su diagnóstico de epilepsia y a los tratamientos neurológicos que mantenía desde hacía años. Ese argumento buscó explicar por qué no habría percibido la presencia de Yonathan ni los sucesivos impactos sobre la avenida.

Sin embargo, la Junta Interdisciplinaria de Psicología y Psiquiatría, realizada el 3 y 6 de enero, permitió reconstruir su estado emocional, cognitivo y médico de manera más completa. Mourelle, de 52 años, tiene antecedentes de epilepsia desde la adolescencia, consumía medicación diariamente y había atravesado —según él mismo refirió— una crisis epiléptica aproximadamente dos semanas antes del siniestro.
La pericia también detalló que se encontraba bajo un cuadro emocional complejo por su reciente separación, con dificultades para el sueño y un historial de tratamientos psicológicos previos. A la hora de evaluar su estado mental, los peritos consignaron que se hallaba lúcido, orientado y sin indicadores de alteración del pensamiento que justificaran una desconexión con la realidad.

Un proceso judicial y un juicio sin fecha cierta

La causa comenzó caratulada como homicidio culposo, pero Fiscalía y querella impulsaron posteriormente la figura de homicidio simple con dolo eventual. El expediente llegó a elevarse a juicio y se fijó fecha para octubre de 2026, pero un recurso de casación mantiene la situación en suspenso hasta que el Superior Tribunal resuelva la calificación final.
Esto obedece a que el Tribunal de Impugnaciones hizo lugar al recurso de apelación presentado por la defensa y declaró la nulidad de la acusación más gravosa y de todos los actos procesales derivados.

Tras eso, la querella, representada por el abogado Ángel Ávila Velázquez, presentó un recurso de casación ante el Superior Tribunal de Justicia (STJ) para revertir la decisión de Impugnaciones.
En octubre, Mourelle obtuvo su libertad luego de permanecer durante todo el proceso con prisión domiciliaria.
Para la madre de la víctima, Nelly Salazar, ese momento fue devastador: “El día que lo liberaron fue un día antes de mi cumpleaños. Fue como un puñal en el corazón. Sentí un dolor tan grande que no sé explicarlo”.

El duelo, la memoria y la ausencia

Nelly llegó a Argentina en 2018. Yonathan lo hizo un año después. Desde entonces fueron inseparables: trabajaban, compartían proyectos y se apoyaban para salir adelante como familia migrante. El día del hecho habían merendado juntos café con pan de anís, su ritual cotidiano.
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La noticia le llegó por un audio en un grupo de WhatsApp de migrantes venezolanos. Caminó la cuadra hasta la esquina, esperando encontrar a su hijo en la ambulancia. “Cuando vi el cuerpo tirado y cubierto, yo decía ‘no puede ser’”, recordó.
Horas después, al retirar las pertenencias en Accidentología, vio por primera vez el Cronos destruido. “En el parabrisas estaba la marca de la cabeza de mi hijo. Yo no puedo entender cómo alguien atropella así, sigue manejando y no se detiene. Cualquier ser humano con un poco de humanidad se hubiera detenido”, cuestionó.
“Mi hijo está muerto y él sigue libre, trabajando, haciendo su vida. Nosotros seguimos luchando para que esto no quede como un simple accidente. No fue un accidente, fue un asesino al volante”, subrayó.

Un año después: la vida detenida y la justicia pendiente

A pocas horas del primer aniversario, Nelly todavía siente que vive “una pesadilla sin despertar”. “Mi hijo tenía sueños, quería estudiar, ayudar a la gente. Era mi amigo, mi compañero. Ese día perdí a mi hijo y perdí una parte de mí”, transmitió.
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Mientras esperan la resolución del Superior Tribunal y una nueva fecha para el juicio, la familia permanece aferrada a la memoria y a la esperanza de que el caso avance.
“Yo sé que él no va a volver, pero quiero que la Justicia haga lo que tiene que hacer”, cerró.
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