Es hora de la siesta en Huerta Grande, provincia de Córdoba. Un juez y varios oficiales se adentran a un hotel. Preguntan a una de las empleadas por un tal Josef Schwammberger. Esta les señala que se encuentra en una habitación del primer piso. Suben sin hacer ruido. Golpean la puerta. Un anciano les abre. Los ojos tristes, la mirada vencida. Los deja pasar y se sienta en la cama. Uno de los hombres saca un papel y se pone a leer. Son los cargos de los que se lo acusa y sus derechos. “Sé por qué vienen a buscarme”, les contesta el viejo.
Josef Schwammberger fue detenido en Huerta Grande, Provincia de Córdoba, la tarde del 13 de noviembre de 1987, luego de 40 años de haber cometido sus crímenes y 15 años con una orden de captura sobre él.
Shwammberger nació en el año 1912, en Austria. Integró las SS y fue sindicado como criminal de guerra. Nunca pasó del grado de teniente. Algunos sostienen que eso se debió a que tenía sangre judía por parte de madre. Que esa “imperfección de origen” le impidió el ascenso en las fuerzas nazis. Sin embargo fue comandante de tres campos de concentración en la zona de Cracovia entre 1942 y 1944.
Luego de la guerra fue apresado por la policía austriaca. El nazi reveló en ese momento haber participado de la ejecución de 35 personas. “Les disparé a 10 centímetros de distancia. Si seguían mostrando algún signo vital, les volvía a disparar en la sien”, declaró.
Lo trasladaron a un campo de prisioneros en Francia, del cual pudo fugarse. Durante varios meses estuvo escondido hasta que pudo contactar con la red de protección de nazis. Se las ingenió para llegar a Italia sin ser descubierto. En Génova logró embarcar hacia Argentina. Apenas el barco zarpó sintió alivio. Sabía que en su nuevo destino todo sería distinto. Que se reencontraría con su familia, que ya no tendría que escapar.
Cuando ingresó al país, dijo que había nacido en Bolzano, el norte italiano y que era mecánico (la profesión bajo la que preferían escudarse la mayoría de los nazis llegados al país).
Desde el mismo momento de su arribo, utilizó su nombre verdadero. A diferencia de otros criminales nazis, no creyó que debiera esconderse tras un seudónimo.
Una tarde de noviembre del año 1971, una sobreviviente de un campo de concentración ubicado en tierras polacas que había llegado a la Argentina hacía un cuarto de siglo se cruzó, en La Plata, con una cara que la horrorizó. Ese hombre era, no le quedaba la menor dudas, quien comandaba el lager en el que ella fue maltratada.
La mujer se comunicó con la Asociación de Sobrevivientes de Campos de Concentración que tenía sede en la Capital Federal. Les contó que se había cruzado con Joseph Schwammberger. Para verlo detenido tuvo que esperar 16 años más. La Asociación siguió la pista y con la ayuda de un investigador privado pudo reconstruir cómo era la vida cotidiana de Schwammberger.
En ese momento, vivía en el barrio La Cumbre de La Plata, trabajaba Petroquímica Sudamericana, y desde 1965 gozaba de la nacionalidad argentina.
El mismo año en que había obtenido su nacionalización y su documento de identidad argentina (en el cual figuraba con su nombre real), en Alemania, Simon Wiesenthal, el cazador de nazis, denunció que Schwammberger vivía en el país. Pero nadie se enteró, o pareció enterarse, aquí de esa denuncia europea.
Wiesenthal denunció que el austriaco había sido jefe de custodia en los guetos de Kzwadow y Szamensol y comandante de los campos de Mieles y Przensyl. A partir de ese momento cientos de testimonios se acumularon en las oficinas del cazador de nazis describiendo la perversidad del acusado. Algunos sostuvieron que llegó a matar hasta para combatir el aburrimiento.
Desde su arribo a la Argentina en 1949, Schwammberger pasó por varios domicilios. Ese camino fue descripto minuciosamente por Jorge Camarasa en su libro Odessa al Sur. Primero vivió en San Isidro, luego en Don Torcuato y por fin en La Plata hasta que fue avistado por su antigua víctima. Una vez que fue ubicado, Wiesenthal denunció su paradero ante los tribunales alemanes en 1972. Un juez libró una orden de captura internacional que recién llegó a los estrados argentinos en 1973. Se ordenó a las fuerzas de seguridad que fuera a arrestarlo a su domicilio. Pero cuando la policía llegó a la casa, Schwammberger había huido. Alguien le había avisado unas horas antes que iban a buscarlo. En ese momento comenzó su fuga.
Se ocultó un par de semanas hasta que partió escondido en un barco petrolero desde Ensenada hacia Canadá, país en el que residía uno de sus hijos. Pero poco tiempo después volvió a Argentina. Durante otros 14 años siguió viviendo con su verdadero nombre en el país. Se radicó en Temperley. En 1985 se volvió a poner en marcha la maquinaria judicial. Activada por Wiesenthal y el matrimonio Klarsfeld. Estaba en la lista de los 10 criminales nazis más buscados.
Lo divisaron en Huerta Grande, Córdoba. El juez cordobés Julio Rodríguez Villafañe fue hasta la pensión para detenerlo. “La mañana del 13 de noviembre de 1987, en varios automóviles, nos dirigimos a Huerta Grande. Los datos que se habían obtenido eran valiosos y fidedignos y se tenía que actuar pronto, para evitar que se escapara de nuevo. Luego de adoptar los recaudos legales, supervisé el operativo policial y personalmente procedí a llevar adelante la detención del prófugo. Decidí subir solo. Arriba, sentado en una cama, lo encontré. El momento fue tenso y trascendente; tuvo un tremendo simbolismo. Lo hice identificar y le di a conocer que procedía a llevarlo detenido” contó el juez que en ese entonces tenía 32 años.
La defensa del nazi fue previsible. Primero que no tenía ninguna responsabilidad, que sólo había combatido y obedecido órdenes. Que el hecho de ni siquiera haber cambiado su nombre era indicador claro de su tranquilidad de conciencia. Por el otro lado, que debido a su avanzada edad y a su estado de salud no se lo podía trasladar a Alemania para su juzgamiento. Fue presentado como un frágil abuelito. Luego de trámites, apelaciones y recursos, la justicia argentina concedió la extradición en marzo de 1990. Esa noche, Schwammberger intentó suicidarse en su celda platense con una sobredosis de tranquilizantes.
Joseph Schwammberger fue juzgado y condenado a prisión perpetua en Alemania en 1992. Las acusaciones fueron gravísimas. En todos los años en el que estuvo prófugo se habían logrado acumular una importantísima prueba documental y testimonial. Las declaraciones de sus víctimas fueron estremecedoras. Schwammberger era sádico. Los jueces determinaron que los móviles de sus crímenes eran el placer y el odio racial. Se lo encontró culpable de 7 asesinatos y de 32 cargos de colaboración indispensable en asesinatos. Se rechazaron cada uno de los recursos de apelación presentados. La extrema crueldad de su accionar impidió cualquier reconsideración.
Murió en una cama del hospital carcelario el 3 diciembre de 2004. Tenía 92 años.
Fuente: Infobae.-
