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Nadal estira la ventaja y queda a un paso de ganar la semifinal soñada

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Recién en el séptimo juego del primer set Nadal apretó el puño. Fue después de haber conseguido confirmar con su saque el segundo quiebre que lograba en el partido. El anterior, claro, había sido cuando la semi estaba en pañales y con semejante rival enfrente cualquier descuido podía volver a equilibrar la balanza, como instantes después ocurrió. 

La sensación que latía en el ambiente de la colmada Philippe-Chatrier es que esa pequeña luz de ventaja que puede haber entre dos gigantes que vuelven a chocar siempre estaba más cerca del lado del español. 

Por físico, por su largo reinado en polvo de ladrillo y también, por qué no, por las ganas que tenía Nadal de cortar con la racha de seis derrotas consecutivas frente a su clásico rival. Un Roger Federer inoxidable, que decidió volver a subirse al ring de Roland Garros y demostró nuevamente que su clase sigue intacta. 

Apenas dos puntos ganados cuando tuvo que usar el segundo saque fueron parte de las razones por las que el suizo se quedó corto en el primer set. Lo del español, enfrente, fue la constancia que lo distingue (7 errores no forzados menos que su rival) y una actitud avasallante para cerrar la primera manga 6-3.

Si alguien pensaba que ese golpe inicial podría desmoronar a Federer, quedó claro enseguida que el suizo plantaría batalla. Otra vez palo y palo. Con mejor panorama para Roger cuanto más se estiraban los puntos y con ése revés de sobrepique de Rafa que se soltaba cada vez más para tratar de cerrar rápido cada peloteo.

El quiebre decisivo de la segunda manga, en el noveno game y con la batalla igualada en 4, fue el mejor recorte de esta edición del clásico. De sacar 40-0 Federer terminó break abajo. A pesar de eso, impuso condiciones en el inicio del punto y así y todo Nadal siempre tuvo un tiro más. Variando las velocidades, cambiando alturas y ritmos. Cerró el quiebre con un revés paralelo exquisito que dejó al suizo a mitad de camino cuando atacaba la red. 

Y el grito de Rafa se escuchó como nunca en París. O como siempre, mejor dicho. 

La Fiera estaba de regreso. Como en sus mejores tiempos. Para terminar con la seguidilla de seis clásicos consecutivos ganados por su rival de siempre. Para volver a dejar su huella en su torneo favorito, en el que es amo y señor.      

Federer y Nadal están frente a frente en un partido que eclipsará la otra semifinal de lujo que tendrá Roland Garros en la que se miden el número 1 del mundo y quien está llamado a ser uno de los potenciales candidatos a sucederlo en los próximos años. El choque entre el suizo y el español se llevó todos los flashes en la previa. Y si bien el candidato es Nadal por antecedentes y actualidad en el polvo de ladrillo, pocos dejan de lado un dato estadístico importante: Federer le ganó los últimos seis partidos que jugaron a quien no lo supera desde hace cinco años. Y, además, Federer es el mejor de la historia…

Los dos escribieron la historia más grande del tenis. Tanto con lo que produjeron adentro (títulos, semanas como N° 1, partidos ganados) como afuera de la cancha (marketing, idolatría, capacidad de seducción tanto en los fanáticos como en las marcas). Y los dos se potenciaron. Se hicieron mejores. No son amigos, pero se necesitaron y se buscaron con respeto, admiración y hasta con una cierta dosis de simpatía. Siempre.

Son distintos en el estilo. Pero son iguales en la ambición y la manera de entenderse uno al otro. Saben que no hace falta ser prepotente, grosero o desubicado para ser exitoso. Y hoy, más allá del resultado, darán otra muestra de ello y de su grandeza.

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