Tragedia fatal en el vuelo que trasladaba al plantel de Chapecoense hacia Colombia, para disputar la final de la Copa Sudamericana.
Cuando uno se sienta a escribir sobre fútbol, o sobre un aspecto relacionado al mismo, generalmente se plantea el desafío de relatar de la mejor manera posible la crónica de un triunfo épico, los detalles de un partido repleto de goles, la despedida de un gran ídolo, etc. Rara vez, y gracias a Dios, debemos esbozar textos a partir de una fatalidad. Sin embargo, por respeto a las víctimas del accidente, y a sus familiares, tenemos la obligación de hacerlo.
El sueño de este humilde conjunto brasileño terminó, y de la peor manera posible. Y, lamentablemente, esto es absolutamente literal. Porque, muchas veces, se utilizan términos extremistas como “catástrofe futbolística” o “desenlace fatal” para referirse a resultados deportivos. No se toma real dimensión del peso de las palabras empleadas. Lo que ocurrió esta madrugada cerca de la ciudad de Medellín fue realmente un desenlace fatal y las 76 familias que perdieron a sus hijos, padres o hermanos sintieron en carne propia una verdadera catástrofe. No obstante, hoy no es el día de hacer reproches literarios. Hoy, solamente queda bregar por el consuelo de los familiares de las víctimas.
No pretendamos encontrar una explicación o una razón a esta historia. Simplemente porque no existe tal. Estos desastres siempre han existido y solamente puede aceptarse o no. En nuestro poder está la potestad de revalorizar los factores que nos movilizan. Una final perdida, una goleada sufrida, un derrota en el último segundo jamás serán una tragedia. Las alegrías deportivas deben ser tomadas como tal, de la misma forma que los resultados adversos. La vida no se reduce a eso, y justamente por eso, debemos aprovecharla todos los días, y cada día.
Redacción: Federico Pérez Gonzalez .