La cotorra argentina, un ave de vibrante plumaje y resonante canto, ha dejado de ser una simple mascota exótica para convertirse en una de las especies invasoras más peligrosas a nivel global. Según un reciente informe de la Universidad de Málaga, en España, publicado en la revista Ornithological Applications, la expansión de la “cata” originaria de Sudamérica está generando una alarma creciente en varias regiones del mundo.
El estudio internacional, realizado por un equipo de investigadores europeos, apunta que más del 50% del avance de la cotorra argentina se debe a la intervención humana. Inicialmente introducida como mascota en zonas urbanas, la liberación de estos ejemplares por parte de propietarios que no podían soportar sus ruidosos cantos, ha facilitado su propagación. Hoy en día, estas aves invaden parques, zonas residenciales e incluso el campo.
En el ámbito agrícola, la presencia de estas aves está afectando seriamente los cultivos en países como Argentina, Brasil y Uruguay. En el territorio nacional, algunos productores han reportado pérdidas significativas debido al consumo de granos como el maíz, el girasol, el sorgo y diversas frutas, obligándolos a recurrir a métodos de control como redes, ahuyentadores sonoros y, en casos extremos, caza ocasional.
Sin embargo, el impacto no se limita a la región suramericana. En Europa, el fenómeno de las cotorras argentinas se ha multiplicado con rapidez, causando estragos en infraestructuras y generando preocupaciones por la competencia con otras especies autóctonas, además de los molestos ruidos que emiten en zonas urbanas. Las autoridades europeas, especialmente en ciudades como Londres y Madrid, están implementando medidas de control, pero la expansión sigue siendo imparable.
Ahora bien, lo que más preocupa es el potencial de expansión de esta especie a nuevas zonas geográficas. En su estudio, las áreas de alto riesgo identificadas, donde las condiciones climáticas y ecológicas favorecen la llegada de la cotorra argentina, son: Australia, Nueva Zelanda, Marruecos, Sudáfrica y países de Asia como Omán, Yemen, Bangladés, Malasia peninsular, Vietnam y Tailandia. Los expertos advierten que, de no tomarse medidas preventivas a tiempo, este fenómeno podría convertirse en un problema ambiental y agrícola de proporciones globales.
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