La reforma laboral deberá pasar el verano. Detrás de ese consejo, que remite a la inmortal frase del ex ministro Alvaro Alsogaray en 1959 (“Hay que pasar el invierno”, pontificó sobre el apretón económico de esa época), parece cobijarse la estrategia de Mauricio Macri. El tema seguirá de largo, incluso, las sesiones extraordinarias del Congreso pensadas para febrero.
La postergación reconoce dos explicaciones. Para el Gobierno, la aprobación de la reforma previsional, más allá del éxito político, dejó una secuela traumática. Resultó muy grande su inversión y, a la vez, deficitario el balance en la opinión pública. Por ese mismo motivo requerirá un tiempo largo de decantación. Asoma, además, el descalabro que existe en la Confederación General del Trabajo (CGT). Aquella reforma, que quedó reducida a una mínima expresión, necesita para ser sancionada del aval de los dirigentes sindicales. Imposible por ahora.
Mucho se subrayó sobre el desmadre callejero y la sociedad del kirchnerismo con la izquierda –donde también metió su cola el Frente Renovador- como razones claves de las dificultades que halló el Gobierno para conducir la reforma previsional al puerto que deseaba. Pero los vaivenes sindicales también aportaron su cuota. En especial, por la presión que ejercieron sobre los gobernadores del PJ que facilitaron la gestión de Cambiemos.
Las cosas habían tenido un sesgo favorable hasta que la CGT, antes de la sesión finalmente levantada el jueves 14, amenazó con una medida de fuerza. La situación se complicó aún más cuando la central obrera ratificó la medida para el lunes 18. El día que se sancionó la reforma previsional en una jornada plagada de incidentes. Ni la precariedad de esa medida, con idas y vueltas producto de la improvisación, impidió que el pacto del Gobierno con un grupo importante de mandatarios del PJ atravesaramomentos de zozobra.
La reforma laboral enfrenta tres dilemas. Primero, el estado líquido en que se encuentra la conducción de la CGT. Segundo, la falta de apuntalamiento que posee el proyecto. No tiene nexo directo con otra contraprestación. Los gobernadores votaron la reforma previsional a cambio del reparto de fondos. Tampoco existiría una demanda ferviente del mundo empresario, donde la aceptación del blanqueo laboral, el tópico más importante, está colocado bajo una lupa.
De todos los problemas, sin embargo, el de la crisis cegetista parece el peor. Su conducción (Héctor Daer, Juan Carlos Schmid y Carlos Acuña) sufrió otro revés con la débil huelga que lanzó contra la reforma previsional. Ese paso en falso dividió las aguas con nitidez entre clásicos halcones y palomas. Aunque en el propio triunvirato se produjeron sonoras deserciones. Omar Gutiérrez, de la UOM, renunció a la secretaria de Interior por la mala praxis de la huelga. No por su realización.
