En ese contexto, sobre el final de su mandato, la situación de precios del país explotó a principios de 1989 cuando el Banco Central se quedó sin reservas para satisfacer la demanda.
La moneda argentina, el Austral, sufrió una fuerte devaluación y Argentina sufrió una de las peores crisis de su historia. Los precios volaron y se daban situaciones como entrar a un comercio, llegar a la caja y que haya cambiado el valor de un producto.


El déficit fiscal fue enorme y las tasas de interés no alcanzaban a frenar esa hiperinflación. Las corridas bancarias se sucedieron y Alfonsín debió renunciar para que luego Carlos Sául Menem asumiera tras ganar las elecciones. Economistas señalan que el índice inflacionario mensual debe ser del 50% o más para ser considerado un proceso hiperinflacionario.
Entre febrero y julio de 1989 el valor de un litro de leche podía variar de un día para el otro o a lo largo de un mismo día. La inflación llegó a rozar el 200% mensual en el pico de la crisis. Sin embargo, no fue hasta 1991 que el nuevo presidente logró frenar la crisis tras distintas medidas como el Plan BB del Grupo Bunge & Born que llevó a la renuncia del ministro de Economía, Néstor Rapanelli.

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