Anabella trabaja como moza en un restaurante de Mar del Plata. Le gusta escuchar música, salir con sus amigas, ir a bailar. Desde hace 10 días que no sale de su casa, apenas puede ir a trabajar y tiene miedo de estar sola.
Era el sábado 4 de noviembre por la noche. Anabella estaba en la casa de Mauricio y se había decidido a terminar la relación que la venía hostigando desde hacía casi un año y medio.
Luego de una llamada telefónica de ella con su mamá, comenzó lo que sería el recuerdo de una terrible noche, la agresión verbal y física de Mauricio, su novio.
“Estaba con la mano izquierda ya completamente inflamada por los golpes cuando me empezó a ahorcar con el brazo otra vez para no dejarme marcas,ya no podía respirar, sentía los ojos hinchados y apenas podía ver. Pensé que me moría”, dijo.
Anabella intentó gritar, pero él le tapó fuertemente la boca y le dijo al oído que la iba a matar.
Al final, logró soltarse y le dijo a su mamá que llame un remis. “Andate puta de mierda, no quiero verte nunca más ni que pises mi casa. No cuentes nada porque voy y te mato”, fue lo último que le escuchó decir.
La joven de 22 años temblaba pero ya estaba a salvo, esperó que se hiciera de día para ir a la comisaría y denunciarlo, y no se imaginó que volvería a ser violentada y revictimizada por las instituciones que, creía, tenían que cuidarla.
“Nunca pensé que me podían atender tan mal.Fui a la Comisaría de la Mujer, la oficial no me miró en ningún momento y todas las cosas que me preguntó las puso al revés de cómo fueron. Le dije que tenía golpes en mi cuerpo y puso ´agresión psicológica y verbal´”.
“Yo estaba temblando y lo único que me dijeron fue que si lo volvía a ver llame al 911”, contó Anabella.
