“Aprendí de chica, mirando a mi hermana. Ella fue quien me enseñó los primeros puntos”, cuenta con una sonrisa Beatriz, mientras busca nuevos insumos para sus creaciones. Entre sus primeros trabajos recuerda, como muchos, la tradicional bufanda, pero pronto se animó a mucho más: “Hice ropa para bebés, carpines, hasta llegué a tejer un vestido de 15 años. Era rosado, lo hice por pedido de una clienta. En ese momento nadie tejía un vestido así, pero me animé”.
Más allá de la venta ocasional, tejer es para ella es una forma de vida, un pasatiempo que la conecta con su creatividad: “Lo hago porque me gusta, me distrae. Pinto también. El arte me llena”.
A lo largo de los años, también fue maestra improvisada, compartiendo su conocimiento con jóvenes que se interesan por la técnica del crochet o las agujas: “Antes no se veía mucho en los chicos, pero ahora sí. Cuando ven todo lo que tengo tejido en casa, se acercan y me piden que les enseñe. Y yo encantada, les enseño lo básico”.
Beatriz forma parte de esa cadena silenciosa de transmisión cultural que pasa de generación en generación, muchas veces de abuelas y madres a hijas y nietas, manteniendo vivo un oficio que combina paciencia, técnica y sensibilidad.
“Es tan bonito lo que se puede hacer con las manos. Ojalá más gente lo valore”, reflexionó.
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