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El domingo 30, se cumplieron 56 años del nacimiento de Diego Armando Maradona. Un acontecimiento más que relevante para los amantes del fútbol, en una fecha en la que también se conmemora el 33° aniversario de la vuelta de la democracia a nuestro país.

 

Escribir unas líneas sobre el cumpleaños de Maradona resulta, extrañamente, complicado. No precisamente porque escasee material sobre su vida. Al contrario, hay tantas biografías suyas, que, por momentos, pareciera que hablan de personas diferentes. Es por ello, que no vamos a perder tiempo relatando cada fragmento de la, desopilante, vida de Diego. Dejaremos ese trabajo a los especialistas y devotos maradoneanos y nos acentuaremos sobre la dualidad que genera en la población, este personaje tan controvertido. Eso sí, permítanme regalarles un dato que, tal vez, alguno desconoce: En la madrugada en la que, Dalma Franco (Doña Tota) se encontraba a minutos de dar a luz al hombre que cambiaría para siempre la historia del fútbol mundial, habían nacido, en esa misma clínica de Lanús, 11 mujeres. Si, 11. Por tal motivo, la llegada del primer varón, en las primeras horas de ese 30 de Octubre, se festejó, por los médicos y las enfermeras, con un grito de gol…

Parece inentendible que una misma persona pueda generar opiniones tan opuestas entre las personas. Sin embargo, Diego Maradona, es capaz de provocar risas y aplausos por un lado, y reprobaciones e insultos por otro, a partir de un mismo acto. Esta polaridad, se gesta, básicamente, en los años posteriores al retiro del fútbol de Diego. Y, una de las explicaciones más lógicas que podría surgir es que, a partir de su alejamiento de las canchas, su vida privada se tornó aún más expuesta de lo que venía siendo. Y eso que Pelusa jamás, desde que debutó a los 16 años en la primera de Argentinos Juniors, mantuvo un perfil bajo. Quizás, con una vida más ordenada, El 10 nos hubiese regalado más alegrías a los argentinos (como si fueran pocas las que ya nos dio), pero eso es algo no nunca sabremos. Lo que sí parece más evidente es que, si los escándalos no hubiesen sido tantos y sus peleas hubiesen sido menos, hoy tendría menos detractores.  Creo que el escritor argentino, Eduardo Sacheri, refleja perfectamente este sentimiento cuando, en un fragmento de su cuento titulado “Me van a tener que disculpar” relata que “el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo” luego de que un morochito de rulos enmudeciera los corazones de todo el pueblo británico, dos veces, en 1986.

Es tan cinematográfica la vida de Diego, que el mismo día de su nacimiento, pero 23 años después, un señor de bigote recitaba el Preámbulo de nuestra Constitución, y establecía el retorno de la democracia, frente a una multitud conmovida y esperanzada. Pasaron menos de 3 años para que los argentinos volvieran a invadir las calles, con los ojos vidriosos y las voces gastadas. Pero esta vez el motivo era otro, no se trataba de dejar atrás una dictadura despiadada y espantosa, sino celebrar que, Argentina, de la mano de un tal Diego Armando Maradona, se proclamaba campeón del mundo por segunda vez en su historia.

No pretendo comparar los sentimientos vividos en ambas situaciones. Jamás se podría equiparar la vuelta de la libertad a un país con la obtención de un título deportivo. Aquellos que, por sobre todas las cosas, aman a Maradona lo seguirán haciendo por siempre, sin importar lo que él sea capaz de hacer o decir. De igual modo, aquellos que lo odian, jamás valorarán lo que alguna vez hizo. Por mi parte, optaré por no juzgarlo sin motivos ni defenderlo sin argumentos. Desde luego, cada vez que vea un video suyo adentro de una cancha, sonreiré.

Redacción: Federico Perez.     Edición: Gustavo Castro.

 

 

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