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En Avellaneda, terminaron 0-0. El local generó las mejores situaciones, pero falló en la definición. El equipo de Milito fue despedido con algunos silbidos.

Cruje el Libertadores de América. En sus cuatro costados. El sonido molesto nace bajito, pero aumenta de cero a cien a la velocidad de una Ferrari y empeora con cada pase al costado, con cada pifia, con cada pérdida, con cada decisión equivocada que se toma sobre el pasto, que se vuelve lava para los jugadores de Independiente. Son los murmullos de una impaciencia que se mueve como epidemia entre los fanáticos rojos, que ven que su equipo no contagia desde adentro. Entonces deciden ellos transmitir desde afuera su intolerancia, que no hace más que agudizar el nerviosismo de un Diablo encerrado en su infierno.

Independiente sufre jugando de local. No lo disfruta. Por más que Gabriel Milito jure que prefiere mil veces jugar en su cancha con su gente, hoy a sus dirigidos no les queda cómodo Avellaneda. Con el empate sin goles de ayer ante Gimnasia de La Plata, ya acumula tres sin ganar siendo anfitrión por el torneo local. Solamente logró imponerse en la segunda fecha, en el 2 a 0 sobre Godoy Cruz (tal vez el mejor encuentro del semestre). En la era del Mariscal, si se cuentan también las actuaciones por Copa Sudamericana, en total acumula un 50 por ciento de efectividad en condición de local (dos triunfos, tres igualdades y una derrota), mientras que como visitante obtuvo hasta aquí el 70 por ciento (ganó cuatro y empató dos). Casualidad o causalidad, con la gente que siempre empieza alentando aunque con el correr de los minutos se transforma en una ametralladora de reproches producto de la desesperación, a este Independiente le cuesta mucho en casa.

“Somos nosotros los que tenemos que hacer las cosas bien para que los hinchas se enganchen”, decía Milito en la semana. Sin embargo, a juzgar por los silbidos que se escucharon al finalizar el 0-0 con el Lobo, eso no ocurrió. Los simpatizantes terminaron otra vez envueltos por la bronca. ¿Por qué? Si bien el Rojo mereció llevarse algo más que un puntito porque tuvo situaciones que llegaron desde envíos aéreos, siguió sin convencer desde la elaboración y no logró resolver la falta de claridad en los metros finales. A los hechos: el único que logró entrar con pelota dominada al área de Gimnasia en los 90 minutos fue Diego Vera una sola vez. Fue a los 18 minutos del segundo tiempo, cuando controló entre dos rivales y sacó el zurdazo que se fue cerca del palo izquierdo de Alexis Arias.

Independiente, que mantuvo el esquema 3-5-2 con el que le ganó de manera agónica a Temperley la fecha pasada, no pudo entrarle por el medio a los dirigidos por Gustavo Alfaro. Ni Maxi Meza ni Cebolla Rodríguez -los volantes internos- fueron capaces de quebrar por tierra la defensa rival. Entonces, la búsqueda del local se inclinó de forma exclusiva por los costados, principalmente por la derecha con los constantes desbordes de Emiliano Rigoni. El cordobés le ganó siempre a Lucas Licht. Y aunque parecía previsible y anunciado, Rigoni volvía una y otra vez a cumplir con su tarea de nutrir de centros a Vera y a Germán Denis, la dupla ofensiva que encontró bien ubicado al arquero Arias. Las más clara fue el cabezazo en el palo de Denis, tras un envío del siempre movedizo Vera.

La pelota fue toda colorada porque Gimnasia nunca la quiso y tampoco supo producir contraataques. De todos modos, el Diablo no le sacó jugo a la posesión. Sin sorpresa, sin pases entre líneas, sin triangulaciones, los murmullos se apoderaron nuevamente de la escena en un Libertadores de América que tiene preso a Independiente.

Fuente: Clarin

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