“Es el partido más importante de los últimos siete años”. Decía Ariel Holan la semana pasada para contar la magnitud de lo que estaba en juego para Independiente en la noche del Libertadores de América.
El Diablo tenía que poner todo lo que quedaba sobre el césped de Avellaneda. No había otra alternativa en nombre de llegar a la final de la Sudamericana. Eso hizo, con autoridad para ponerse en ventaja en el primer tiempo y con coraje para sostener la diferencia en el segundo, dio vuelta la serie. Y definirá la Copa con el vencedor de Junior-Flamengo (en la ida ganó 2-1 al Junior).
Y contundente, también. A los 18 minutos ya estaba 2-0 arriba. A los 16, tras una torpe infracción de Antolin Alcaraz contra Fabricio Bustos, Barco transformó en gol. Dos minutos después, Gigliotti estableció el segundo.
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Parecía una fiesta. Pero no. Pronto, seis minutos después, luego de tres cabezazos de Libertad en el área y mil dudas defensivas de Independiente, Angel Cardozo Lucena marcó el descuento.
Sin embargo, al cabo, Independiente aguantó y terminó construyendo una fiesta bajo el cielo de Avellanada. Había claro, una razón poderosa: el Rey de Copas está de regreso en una final internacional.
