La explosión de alegría sólo pueden entenderla ellas. Verlas es presenciar casi un momento religioso. Como si un ente se introdujera en sus cuerpos enajenados. En sus mejillas, lágrimas, sudor y arena se hacen uno. Revolean sus ojos, sus miradas se pierden. No hay ningún rito pagano y, aunque no se la ve, ahí está la diosa que se incorpora en sus músculos, en su sangre, en su alma: se llama gloria, y vendrá personificada, en unos instantes, en forma de medalla de oro olímpica. Las Kamikazes, la selección femenina de beach handball, acaba de provocar que Argentina sea la primera campeona de los Juegos de la Juventud en esta modalidad al vencer a Croacia 2-0 (parciales de 14-10 y 18-16).
Si jugar por una medalla de bronce un rato después de haberse codeado con la final es el partido más difícil, es porque no saben lo que es ir por el título luego de los martillazos emocionales que padecieron las chicas durante la media mañana. Allí Hungría, vigente campeón mundial, puso sus voluntades a prueba.
Porque las europeas demostraron su jerarquía recuperándose de un primer parcial en el que las Kamikazes las sorprendieron y en el segundo período, casi que las aplastaron. Con el orgullo herido, las chicas borraron rápidamente ese mal paso y se recuperaron de un último lanzamiento que pudo haberlas eliminado para desatar la locura en la arena y en las gradas.
Con la ventaja 18-12, una salvada de Rosario Soto a 3 minutos del final pareció inclinar la balanza definitivamente, pese a que los nervios de un estadio a reventar no se animaran a decirlo. Sin embargo, el reloj corrió, las croatas no pudieron y Argentina hizo historia en el beach handball. Como le dice Turnes a Clarín, con los ojos bañados en llanto y gloria: “Nunca pensé que el beach handball pudiera generar esto. Y sí, puede ser que sea culpa nuestra”.
