La pareja recurrió a un tratamiento de fertilización asistida para agrandar la familia y traer al mundo a Ignacio, Isaac e Isabella, que nacieron a través de una cesárea programada con siete meses de gestación.
El segundo piso de la clínica estaba revolucionado, había llegado el momento tan esperado. Después de estar un mes internada Betiana, daría a luz. El primer llanto se escuchó a las 10:40 era Ignacio, que pesó dos kilos doscientos. Todavía quedaba trabajo por hacer. Pasado los diez minutos Isaac, de dos kilos noventa ya estaba con su mamá. La pequeña de la familia pedía pista y quería estar junto a sus hermanos, así fue que Isabella, con más de dos kilos se acomodó y salió al mundo.
Aunque Jorge ya tiene una hija de 12 años, junto a su mujer decidieron ampliar la familia. El camino que transitó la pareja no fue fácil. En el medio perdieron un embarazo. Así y todo no se dieron por vencidos y empezaron a investigar sobre el tratamiento. “Realmente fue un gran signo de pregunta para nosotros el no poder tener un hijo. Pero elegimos luchar y seguir para adelante, no nos dimos por vencidos”, comentó el papá con ojos vidriosos al recordar cómo fue el proceso para llegar a donde están hoy.
Un poco exhausto pero feliz, señaló que en el primer intento su mujer quedó embarazada. “El doctor Carlos Ahumada, fue el encargado de acompañarnos en este proceso. El tratamiento fue acá y en Mendoza”, explicó, mientras esperaba atento al llamado de neonatología para ver a sus hijos.
En el momento que recibieron la noticia de que eran trillizos, los médicos les advirtieron que debían extremar los cuidados, ya que el embarazo era de riesgo. “De los tres uno podía desprenderse. Teníamos que ser cautelosos. A partir del tercer mes mi mujer tuvo que hacer reposo”, aseguró Jorge, con la voz entrecortada.
“Betiana es de contextura chica y los bebés no tenían espacio, se movían para todos lados y hacían presión. Desde hace un mes que está en el Cerhu porque tuvo contracciones. El médico opto por internarla porque no querían correr ningún riesgo. Hasta las enfermeras estaban ansiosas por verlos”, explicó.
En el piso dos se vivía una fiesta, la familia Aranda se agrandó. Tías, hermanas, abuelos, nadie se quiso perder la posibilidad de conocer a los nuevos integrantes. “No pude entrar al parto porque fue cesárea programada, pero los esperé afuera. Los minutos se hicieron eternos, no pasaban más. Finalmente a las 10:40 escuché el primer llanto y me quedé tranquilo”, aseguró.
Milagros, la hija más grande de Jorge, llegó agitada y con una seña le dijo a su papá que lo esperaban en neonatología. Al final de un lago pasillo una puerta se abrió y la enfermera le dio paso. Después de tanto esperar se podría juntar con Ignacio, Isaac e Isabella.
Fuente – Diario Local
