Sobre J.R. pesa una imputación gravísima por varios delitos sexuales cometidos durante un mes completo, hace dos veranos. La persona que lo acusa de haber besado y tocado en sus partes íntimas era apenas un nene de cuatro años, que no entendía lo que supuestamente el hombre le hacía cada vez que iba a los baños de un club de golf de Villa Mercedes. Cuando J. iba a los sanitarios, allí estaba el hombre alto y robusto, de cara redonda y de grandes manos, que le hacía lo que nadie más le hacía. A partir de ese momento, el comportamiento de la criatura cambió. Se sexualizó, dijo la defensora de la Niñez, Adolescencia e Incapaces, Victoria Furnari Cortázar, la mañana del lunes cuando el hombre empezó a ser juzgado por los abusos. Llegó a la sala de juicio en libertad, pero cuando el debate oral termine podría acabar tras las rejas. Todo dependerá de lo que resuelvan las tres juezas que conforman el tribunal. Pero, en principio, cuando la causa fue elevada a juicio, el fiscal había solicitado que lo encierren 15 años en el penal.
El hombre de 46 años está acusado de “abuso sexual gravemente ultrajante” y “corrupción de menores calificado por la edad de la víctima”. Antes de que la primera audiencia del juicio comenzara, escuchó muy atentamente a su defensora, la que le asignó el Estado, Rocío Mediavilla. Ella le indicaba un documento de Word en su notebook. Él solo oía y asentaba con la cabeza. Casi tenía que agacharse para ponerse a la altura de la letrada, mucho más baja que él. No decía nada.
Cuando las juezas Sandra Ehrlich, Daniela Estrada y Virna Eguinoa entraron al recinto e iniciaron la audiencia, el primero en tomar la palabra fue el fiscal Leandro Estrada. No era el representante del Ministerio Público Fiscal (M.P.F.) natural asignado para este debate, pero en un cambio de último momento le pidieron si podía acusar en esta causa por falta del fiscal de juicio. Así, en cinco minutos, en nombre del M.P.F., Estrada tuvo que ponerse al tanto de la acusación para sostenerla.

Los hechos

Por eso, en los alegatos de apertura, fue breve y conciso. Recordó que el empleado de un club de golf de la ciudad tiene un pedido de pena de 15 años de cárcel. Aclaró que, a diferencia de otras causas por delitos sexuales cometidos contra menores de edad, esta vez no cuentan con el testimonio del niño. “Pero eso no quiere decir que el hecho no haya existido”, como tampoco excluye la posibilidad de que otra evidencia pruebe que J.R. haya abusado de J., sostuvo.
Relató a grandes rasgos que los ultrajes ocurrieron entre el 14 de diciembre de 2023 y el 15 de enero de 2024. Sucedieron a la mañana, cuando el predio donde todavía trabaja el acusado era utilizado como colonia de verano.
J.R. se encarga del mantenimiento del club. Como empleado del lugar, indicó el funcionario, el hombre tenía acceso a sus baños. Sanitarios que todo el mundo podía usar, niños y adultos, indiscriminadamente.
Enumeró las pruebas que demuestran, a criterio de la Fiscalía, que el acusado abusó en numerosas ocasiones del nene. Entre esos elementos probatorios están el testimonio de los padres de la criatura, el de su niñera, el de una maestra de la colonia, lo que contaron dos madres de dos compañeritos de J. y también un informe de su psicóloga.
Furnari Cortázar explicó que no cuentan con el relato en Cámara Gesell porque el chiquito tenía apenas cuatro años y medio cuando todo sucedió. Era demasiado pequeño para ser llevado a una sala que, aunque intentara ser acogedora (con juguetes, una mesa baja, sillas pequeñas y paredes de llamativos colores), no resultaría suficiente para que lograra abrirse y le contara a completos extraños, como la psicóloga y el psiquiatra del Poder Judicial, sobre lo que vivió. A pesar de que esas personas trataran de hacerle preguntas de la forma menos incómoda posible, le hablaran bajito y suavizaran su voz de adultos, no lo conseguirían.
La defensora de la Niñez, Adolescencia e Incapaces resaltó que, de todas maneras, con el resto de los testimonios pudieron constatar que los abusos fueron cometidos, también dónde, cuándo y cómo. Aunque el nene no dijo nada, tras los ultrajes, su conducta habló por él. Su familia, sus maestras y hasta la niñera notaron que “su carácter y su temperamento habían cambiado”. Usaba palabras obscenas, un vocabulario inadecuado para su corta edad y hasta intentó repetir lo que el hombre del club de golf le había hecho en los baños, es decir, trató de besar las partes íntimas de su padre y de alguno de sus compañeritos.
Pascual Celdrán, el abogado que representa a la familia de J., adhirió a todo lo expuesto por Estrada y Furnari Cortázar.

Qué dijo la defensa del acusado

Llegó el turno de la exposición de Mediavilla. Su voz, notablemente más alta que la del resto de los letrados, retumbó en la sala de juicios. Y, como suele hacer en otros debates en los que también defendió a acusados de abusos sexuales, representó con fiereza a su asistido. Lo hizo como si, en verdad, creyera en su inocencia, pero repitiendo casi el mismo discurso del resto de los juicios en los que le ha tocado intervenir.
Pero en esas otras ocasiones cuestionó de extremo a extremo la validez “objetiva y científica” de la audiencia de la Cámara Gesell como prueba. Señaló siempre que las preguntas de los profesionales de psicología y psiquiatría son inducidas y llevan siempre al menor de edad a que le respondan lo que ellos quieren; es decir que fueron abusados por tal o cual.
No solo eso, tachó de poco serios los reportes de esos especialistas, refirió que siempre usan las mismas técnicas y anticuados test. Remarcó que, al fin al cabo, todo queda supeditado a una “cuestión de interpretaciones” y no de “hechos” probados, como si los abusos y las violaciones fueran delitos que cuentan con testigos oculares, cuando es todo lo contrario.
Increíble e irónicamente, al iniciar su exposición, se quejó de la falta de realización de una audiencia de Cámara Gesell y sus respectivas observaciones y conclusiones, como elementos probatorios. “El niño no relató (en Cámara Gesell), le dijo algo a la madre (…) Lo único que hay es un informe de una psicóloga de parte (la terapeuta que veía a J.) y testimonios de lo que pudo haber dicho el nene”, argumentó mientras alzaba todavía más la voz, indignada.


Mencionó que J.R. llegó libre al juicio porque un Tribunal de Impugnación consideró que no había evidencia para sostener la prisión preventiva requerida por la Fiscalía en su momento. Recalcó, además, que su defendido hace 20 años trabaja en ese club.
“No niego que ese niño haya sufrido un trauma y, si así fue, es necesario que se investigue, pero mi defendido no fue”, afirmó. Y, luego, lanzó el mismo discurso que ha utilizado en el resto de sus exposiciones. “Se centraron en una persona. ‘Vamos contra esa persona’ y nada más”, dijo y cuestionó: “¿no vieron otras líneas investigativas?”. Señaló que en el club de golf trabajaba otra persona cuyo nombre de pila es el mismo que el del acusado, que, dicho sea de paso, es un nombre muy común.
“Lo que quieren es tirar un montón de ideas. En la desesperación por cerrar el caso, obviaron todo y se continuó con esta historia”, manifestó. Aseguró, como en muchos otros juicios, que la fiscalía se basa en meras especulaciones, sin una milésima de rigor científico.
“Se llegó a este lugar sin querer demostrar la verdad real de los hechos”, acusó y subrayó que, lamentablemente, arribaron hasta este punto porque “es mucho más fácil aferrarse a una presunción con una visión limitada y acusar sin llevar una investigación seria y confiable”. Remató: “El estándar probatorio de esta causa contra la integridad sexual es nada, cero”.
Fuente: El Chorrillero
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