Durante años, saber programar era considerado el pasaporte al éxito profesional. Gobiernos, universidades y empresas de todo el mundo impulsaban su enseñanza como un pilar estratégico del futuro digital. Sin embargo, el avance imparable de la inteligencia artificial puso en duda esa certeza: hoy, las máquinas no solo ayudan a programar, sino que ya desarrollan sistemas complejos de manera autónoma, generando incertidumbre en uno de los sectores más dinámicos de la economía del conocimiento.
En el epicentro de esta revolución, compañías como Cognition, con sede en San Francisco, marcan el rumbo. En 2023, sus sistemas lograron configurar servidores y corregir errores de código de manera completamente automática. A diferencia de los antiguos asistentes de programación que solo sugerían líneas de código, las nuevas herramientas ejecutan proyectos enteros sin intervención humana directa.
Farjam Eshraghian, profesora de Negocios Digitales en la Universidad de Westminster, sostiene que, aunque aún es temprano para cuantificar el impacto total, la presencia de la IA en la ingeniería de software ya es significativa. “Las empresas empezaron a incorporar IA en sus prácticas, pero los programadores humanos siguen contribuyendo significativamente al código que se escribe en la industria”, explicó en una entrevista reciente.
Según sus investigaciones, las herramientas de IA se usan sobre todo para tareas tediosas y repetitivas, pero el conocimiento profundo de los programadores por ahora es indispensable para integrar correctamente las piezas del software.
Las cifras también muestran señales de cambio. De acuerdo con datos de la Cámara de la Industria Argentina del Software (CESSI), la demanda de programadores se ha estabilizado en el país tras años de crecimiento durante la pandemia. El fenómeno, replicado a nivel global, no implica la desaparición del rol, pero sí marca una transformación profunda en las habilidades requeridas.
Para Blas Briceño, director ejecutivo del Programa SAAF de la CESSI, el valor del programador moderno radica en su capacidad para comprender problemas complejos, trabajar en equipos interdisciplinarios y aprovechar la inteligencia artificial como aliada estratégica. “Los programadores más valiosos serán aquellos capaces de adaptarse al nuevo paradigma, no solo dominando lenguajes sino entendiendo profundamente los problemas que resuelven”, analizó.
El surgimiento de plataformas de no-code y low-code, herramientas que permiten crear software sin necesidad de escribir código, plantea un nuevo escenario. Según Briceño, estas soluciones democratizan el acceso al desarrollo tecnológico, pero también imponen la necesidad de programadores capaces de validar, mejorar y garantizar la robustez de los sistemas generados por IA.
Desde Londres, Najmeh Hafezieh, profesora de Innovación y Análisis Digital en la Universidad de Londres, advierte que la desaceleración en la contratación de programadores no puede atribuirse únicamente a la IA: “la desaceleración responde más a la incertidumbre general del mercado laboral”, aclara. Sin embargo, reconoce que la aparición de estas herramientas obliga a un reajuste en las competencias laborales: aprender a colaborar con la inteligencia artificial será crucial para mantenerse vigente.
El debate sobre la confianza en el código generado por IA también cobra fuerza. Hafezieh subraya que los errores sutiles, difíciles de detectar para una máquina, pueden tener consecuencias graves si no hay supervisión humana adecuada. Así, incluso si el rol de los desarrolladores deviniera hacia tareas de evaluación más que de escritura, se necesitaría un conocimiento técnico profundo.
Fredi Vivas, ingeniero y CEO de RockingData, aporta una mirada complementaria: “Programar no es solo entender un lenguaje, es una forma de pensar”, asegura. Para él, la habilidad de codificar tiene dos dimensiones: una técnica, comparable a aprender un idioma nuevo, y otra creativa, que conecta problemas del mundo real con soluciones digitales.
Hoy la industria sabe que se puede generar software sin saber programar gracias a la IA, pero los especialistas marcan que estos desarrollos, por ahora muy básicos, están expuestos a fallas de seguridad, revelación de datos privados o errores conceptuales. Lo que no se sabe aún es qué sucederá cuando la tecnología esté lo suficientemente madura para asegurar resultados y confiabilidad en procesos más complejos.
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En definitiva, el futuro de la programación no se extingue, sino que muta. La clave estará en saber adaptarse a un nuevo ecosistema en el que la inteligencia humana y la artificial deberán trabajar en conjunto, complementándose en lugar de competir.
